En el prólogo de Frankenstein, Mary Shelley describía su criatura no sólo como un experimento científico, sino como el resultado de una pesadilla. “Vi al pálido estudiante de artes impías arrodillado junto a la cosa que había ensamblado”, escribió. Desde entonces, el monstruo de Frankenstein se convirtió en una de las figuras más maleables del imaginario moderno: metáfora del progreso científico, del rechazo social, de la otredad, del miedo al cuerpo y del deseo de jugar a ser Dios. Pero la Novia —esa aparición brevísima de cabello electrificado y mirada aterrorizada interpretada por Elsa Lanchester en Bride of Frankenstein (1931)— terminó convirtiéndose, paradójicamente, en un ícono poderoso y de largo aliento. Apenas existía durante unos minutos en pantalla, pero bastaron para instalar una de las imágenes definitivas del horror clásico.
El arquetipo de la Novia ha sobrevivido precisamente porque contiene algo irresuelto. Mientras el monstruo masculino suele buscar aceptación o humanidad, la Novia casi siempre representa otra cosa: rechazo, rabia, autonomía o deseo de escapar. Las reinterpretaciones posteriores han explotado esa tensión desde múltiples registros. En The Bride, con Jennifer Beals y Sting, la criatura femenina se convierte en objeto de obsesión romántica dentro de una extraña mezcla entre melodrama gótico y My Fair Lady (1964). En Penny Dreadful, la inolvidable Lily de Billie Piper transforma a la Novia en una antiheroína furiosa que responde violentamente al abuso masculino. Incluso las versiones más absurdas o paródicas —Frankenhooker, Bride of Chucky, Bride of Re-Animator o Young Frankenstein— entendieron algo esencial: la Novia funciona mejor cuando deja de ser un simple complemento masculino y se convierte en una anomalía ingobernable.
The Bride!, de Maggie Gyllenhaal, intenta precisamente exhumar esa anomalía y convertirla en el centro absoluto del relato. La película comienza en un Chicago estilizado de 1935, iluminado por neones y envuelto en una estética que mezcla cine negro, expresionismo y decadencia punk. Ida (Jessie Buckley), una mujer salvaje y verbalmente incontenible, muere tras sufrir violencia masculina durante una cena. Su cadáver será recuperado por Frank (Christian Bale), una criatura melancólica creada por el Dr. Frankenstein y desesperada por encontrar compañía. Junto a la doctora Euphronious (Annette Bening), Frank revive a Ida. Así nace la Novia.
Pero Gyllenhaal introduce una idea mucho más interesante: la presencia fantasmal de Mary Shelley como narradora y conciencia furiosa de la película. Interpretada también por Buckley, Shelley aparece como una especie de espectro inmortal atrapado entre siglos, indignada no sólo por el mundo masculino que la rodeó en vida, sino también por las múltiples apropiaciones posteriores de su criatura. Hay mucho arriesgue —y bastante encanto— en comenzar una película con el fantasma de una escritora decimonónica anunciando que la historia que realmente quería contar no era exactamente Frankenstein, sino la de una mujer monstruosa incapaz de adaptarse al orden patriarcal.
La película funciona entonces como una tragicomedia punk feminista atravesada por referencias que van desde Bonnie and Clyde hasta Natural Born Killers. Después de que Frank aplasta brutalmente el rostro de un par de agresores masculinos, ambos se convierten en criminales fugitivos. The Bride! muta hacia una especie de road movie criminal de amantes monstruosos: algo así como Joker: Folie à Deux cruzada con Sid and Nancy, The Munsters y el glamour grotesco de los musicales berlineses de entreguerras.
Visualmente, la película posee una energía genuinamente estimulante. La diseñadora de vestuario Sandy Powell construye para Ida una iconografía extraordinaria: vestido naranja quemado, cabello rubio desordenado a lo Jean Harlow, labios negros y una mancha química oscura escurriendo permanentemente por su boca. Ida parece una muñeca rota salida de un cabaret expresionista. Hay momentos donde la película alcanza una estilización fascinante, especialmente en sus secuencias musicales y escenas colectivas, donde la influencia estética de Babylon Berlin resulta clarísima.
Christian Bale, por su parte, interpreta a Frank con una vulnerabilidad extraña y conmovedora. Su monstruo conserva ecos directos del interpretado por Boris Karloff, pero Bale lo convierte en una criatura cansada, tímida y torpemente enamorada. Habla lentamente, como si cada palabra tuviera que atravesar un cuerpo cosido incorrectamente. Hay algo profundamente triste en su obsesión por el cine clásico y por la figura de Ronnie Reed (Jake Gyllenhaal), un ídolo musical imposible que representa una perfección masculina inalcanzable.
Sin embargo, el problema central de The Bride aparece precisamente donde la película intenta abarcar demasiado. Gyllenhaal quiere presentar simultáneamente una sátira feminista, una reinterpretación del mito de Frankenstein, una comedia negra criminal, un musical punk, una reflexión sobre la monstruosidad femenina y un homenaje al Hollywood clásico. El resultado es un pastiche constantemente sobrecargado. Hay tantas referencias, tantos tonos y tantas ideas chocando entre sí que la película termina perdiendo coherencia narrativa y emocional.
Buckley ofrece otra actuación volcánica, feroz e hipnótica, pero la película parece depender excesivamente de su capacidad para gritar monólogos interminables llenos de rabia, literatura y fluidos negros. Lo que en Hamnet encontraba anclaje en el dolor y la contención, aquí a veces se convierte simplemente en exceso performático. Ida habla tanto, se desborda tanto verbalmente, que parte de la potencia de su rabia se diluye. Gyllenhaal parece desconfiar del silencio, cuando quizá el personaje habría resultado más inquietante permitiendo que sus acciones hablasen por ella.
Aun así, hay algo admirable el desbalance de The Bride. La película nunca se siente muerta. Incluso cuando se vuelve incoherente, mantiene una energía caótica y una voluntad genuina de experimentar. Sus mejores ideas surgen precisamente de esa exageración maximalista: mujeres marcándose la boca con tinta negra en solidaridad con la Novia, detectives noir persiguiendo monstruos enamorados, escenas de baile elegantemente grotescas donde cuerpos mutilados se contorsionan bajo lámparas art déco.
Debajo de toda esa superficie barroca existe también una reflexión interesante sobre la monstruosidad femenina como forma de resistencia. Ida no quiere ser corregida, domesticada ni transformada en una versión aceptable de sí misma. La película sugiere que el horror patriarcal no es solo la violencia masculina —que aparece, constantemente— también es la necesidad histórica de silenciar mujeres demasiado intensas, demasiado visibles, demasiado rabiosas.
Por momentos, The Bride parece querer convertirse en un manifiesto sobre esa furia heredada. Pero curiosamente sus ideas más potentes suelen permanecer fuera de campo. Hay referencias a mujeres mutiladas, lenguas cortadas y abusos sistemáticos, aunque el sufrimiento concreto rara vez adquiere verdadera densidad dramática. La rabia está presente como energía estética más que como exploración emocional profunda. Quizá por eso la película termina sintiéndose como una criatura ensamblada a partir de demasiadas partes incompatibles: hermosa en ciertos ángulos, torpe en otros, viva pero inestable. Y tal vez ahí radique, involuntariamente, su conexión más honesta con el mito original de Frankenstein.
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