Autumn in New York (Dir. Joan Chen)

Vista desde 2026, Autumn in New York resulta, por momentos, una película difícil de defender. La historia de amor entre Will Keane y Charlotte Fielding está construida alrededor de una serie de elementos que hoy pueden resultar particularmente incómodos: la infidelidad, la diferencia de edad, la idealización de un hombre mujeriego y la capacidad de la protagonista para perdonar comportamientos que, desde una sensibilidad contemporánea, parecen difícilmente justificables. Sin embargo, reducir la película a estos elementos sería pasar por alto aquello que hace interesante a su propuesta: la distancia entre la moralidad de sus personajes y la manera en que la película busca que el espectador se relacione emocionalmente con ellos.

La trama presenta a Will Keane, un restaurantero neoyorquino interpretado por Richard Gere, como un hombre que ha convertido las relaciones amorosas en una sucesión de encuentros pasajeros. Su encanto, experiencia y aparente libertad son precisamente los atributos que la película utiliza para construirlo como una figura romántica. Charlotte, interpretada por Winona Ryder, irrumpe en su vida desde una posición aparentemente opuesta: es joven, idealista y se encuentra ante una enfermedad terminal que convierte su relación en una experiencia inevitablemente marcada por la temporalidad.

Desde una perspectiva contemporánea, es difícil no cuestionar la manera en que la película presenta esta relación. No solamente por la diferencia de edad entre los protagonistas, sino por la forma en que el relato parece pedirle al espectador que suspenda momentáneamente sus juicios morales para dejarse llevar por la historia de amor. La película no pretende que Will sea un hombre ejemplar; de hecho, su condición de mujeriego es parte fundamental de su construcción. Lo interesante es que, a pesar de ello, el relato consigue presentarlo como alguien digno de ser amado y, eventualmente, redimido por el amor.

Ahí aparece una tensión particularmente interesante: la diferencia entre empatizar con un personaje y aprobar sus acciones. La película no necesariamente exige que consideremos moralmente correctas las decisiones de sus protagonistas, sino que construye las circunstancias para que podamos comprenderlas emocionalmente. En ese sentido, Autumn in New York pertenece a una tradición romántica en la que el amor funciona como una fuerza capaz de suspender, aunque sea temporalmente, las categorías ordinarias de lo correcto y lo incorrecto.

Esta estrategia tampoco es completamente ajena al cine romántico de finales del siglo XX. Basta pensar en Mujer bonita (1990), donde Richard Gere interpreta a un hombre que se enamora de una mujer cuya posición social y profesión inicialmente la colocan fuera de los parámetros convencionales de la respetabilidad. En ambos casos, la película no construye el romance a partir de la adecuación moral de sus protagonistas, sino a partir de la transformación que experimentan al encontrarse. El amor cinematográfico, en estas historias, no funciona como recompensa por haber sido buenos, sino como una experiencia capaz de modificar a quienes participan en ella.

Sin embargo, en Autumn in New York esta transformación está inseparablemente ligada a la estética. La película convierte Nueva York en mucho más que un escenario. Central Park, los apartamentos, los puentes, los restaurantes y las calles húmedas funcionan como extensiones emocionales de la relación. La ciudad adquiere una cualidad casi abstracta: parece existir no tanto para ser habitada por los personajes como para acompañar su historia de amor.

Es ahí donde la película adquiere una dimensión deliberadamente kitsch. Su romanticismo no intenta ser discreto ni realista. Por el contrario, acumula símbolos reconocibles del imaginario romántico: Nueva York en otoño, las hojas cayendo, la lluvia, los encuentros casuales, los espacios íntimos y la enfermedad como recordatorio permanente de que el tiempo se acaba. Todo parece diseñado para producir una determinada emoción.

La caída de las hojas constituye, quizá, la metáfora más evidente de la película. El otoño es hermoso porque es transitorio; su belleza depende precisamente de su desaparición. De la misma manera, la relación entre Charlotte y Will adquiere intensidad porque está condenada desde el principio por la enfermedad de ella. La película convierte así el paso del tiempo en uno de sus principales mecanismos dramáticos: cada momento romántico contiene simultáneamente su propia pérdida.

Los primeros planos contribuyen a esta sensación. La cámara se aproxima constantemente a los rostros de los protagonistas, como si quisiera registrar cada gesto antes de que desaparezca. Más que observar una relación, la película parece intentar conservarla. El romance se construye, entonces, como un recuerdo incluso mientras está ocurriendo.

Esta concepción del amor también permite establecer un vínculo con Como agua para chocolate. Aunque pertenecen a tradiciones cinematográficas y culturales distintas, ambas historias presentan relaciones en las que el amor femenino está acompañado por una considerable capacidad de sacrificio y perdón. Las protagonistas soportan circunstancias que, desde una mirada contemporánea, pueden resultar difíciles de aceptar, mientras que los hombres ocupan posiciones moralmente más cuestionables. El sufrimiento se convierte, en cierta medida, en una de las condiciones mediante las cuales el amor adquiere legitimidad narrativa.

Es precisamente ahí donde Autumn in New York puede resultar más problemática y, al mismo tiempo, más interesante. La película no necesariamente envejeció mal porque sus conflictos sean imposibles de representar, sino porque cambió el contexto cultural desde el cual los observamos. Las relaciones, la diferencia de edad, la infidelidad y las dinámicas de poder se leen hoy bajo categorías distintas a las que predominaban cuando la película fue estrenada. Lo que entonces podía ser presentado como una historia de amor imposible hoy puede ser observado también como una relación atravesada por desequilibrios que el relato decide romantizar.

Pero quizá esa distancia sea precisamente una de las razones para volver a verla. Autumn in New York permite observar cómo el cine construye el romance y cómo determinados recursos formales pueden hacernos sentir empatía incluso frente a personajes cuyas acciones cuestionamos. La película no resulta particularmente interesante porque ofrezca un modelo deseable de relación, sino porque muestra con claridad el poder que tiene el cine para transformar comportamientos moralmente ambiguos en experiencias emocionalmente seductoras.

Al final, Autumn in New York parece menos interesada en preguntarse si sus personajes merecen estar juntos que en construir la sensación de que, durante un breve otoño, estaban destinados a encontrarse. Su verdadera materia no es tanto el amor como su fugacidad. Y quizá por eso la imagen que permanece no es la de una relación perfecta, sino la de las hojas cayendo: algo hermoso precisamente porque sabemos que no puede durar.

Mtro. En Historiografía y cinéfilo.

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