En ‘Women Talking’, Sarah Polley convierte la palabra en campo de batalla y la escucha en acto político. Adaptada del libro de Miriam Toews —inspirado a su vez en un juicio real ocurrido en 2011 en Bolivia—, la película sitúa su acción en una colonia menonita ficticia donde, durante años, las mujeres han sido drogadas y violadas por la noche, para después despertar cubiertas de moretones y sangre, convencidas por los hombres de que el diablo es el responsable. El punto de partida no es el crimen, sino el después: el momento en que las mujeres, por primera vez, se reúnen solas para decidir qué hacer con ese mundo que las ha traicionado.
Polley filma este consejo como si estuviera registrando el nacimiento de una conciencia colectiva. El gran hallazgo formal es convertir largas escenas de diálogo en algo que posee la intensidad física de una película de acción. Cada primer plano contiene un temblor bíblico: rostros que piensan, dudan, se quiebran, se encienden. El nivel de actuación —un conjunto coral de precisión extraordinaria— sostiene esa inmensidad moral. Las palabras no flotan; pesan. Cada frase puede cambiar un destino, cada silencio es una herida abierta.
Lo que está en juego no es únicamente la huida o la permanencia, sino la definición misma de gracia, justicia y responsabilidad. La maravilla de la película proviene de las distintas perspectivas que sus personajes aportan a nociones que suelen presentarse como abstractas: ¿qué significa perdonar sin negar el daño? ¿Qué responsabilidades tienen los padres ante un sistema que han sostenido, por acción u omisión? ¿La ira es un obstáculo para la ética o su punto de partida? Polley no organiza el debate para conducirlo a una tesis única; permite que las contradicciones respiren. Hay quien quiere quedarse y luchar, quien desea marcharse, quien no puede concebir un mundo fuera de ese orden. La comunidad femenina no es un bloque homogéneo, sino un organismo en deliberación.
El contexto remoto —una colonia religiosa aislada— podría sugerir excepcionalidad, pero la película insiste en lo contrario: su pregunta central es universal. Cuando una sociedad ha permitido que se inflija un daño sistemático, ¿puede reformarse desde dentro o debe abandonarse? La cuestión excede la geografía menonita; resuena en cualquier estructura —familia, iglesia, Estado— que haya normalizado la violencia y luego la haya encubierto con narrativas de culpa y silencio.
La escena final reconfigura todo lo visto. Sin subrayados ni didactismos, Polley desplaza la mirada hacia los hombres, no para absolverlos ni demonizarlos, sino para señalar una tarea. La película, que ha sido un espacio de palabra femenina, se convierte entonces en una suerte de guía ética: cómo escuchar sin apropiarse, cómo asumir responsabilidad sin reclamar centralidad, cómo revisar la propia relación con el poder y con el género femenino. No se trata de “salvar” a nadie, sino de dejar de sostener —con incredulidad, comodidad o complicidad— el sistema que hizo posible el daño.
Visualmente austera, casi ascética, ‘Women Talking’ rehúye el espectáculo del trauma. La violencia no se muestra; se piensa, se discute, se carga en la voz. Ese gesto, profundamente político, rechaza la explotación del sufrimiento y apuesta por algo más radical: la imaginación de un futuro. Hablar, aquí, no es catarsis, sino arquitectura. Cada argumento es un ladrillo de un mundo que todavía no existe, pero que empieza a delinearse en ese granero donde las mujeres, por fin, son dueñas de su relato.
Nota personal: Este texto nace de unos comentarios guardados en mi celular al verla hace 3 años. Me recuerdo llorando al final de la película, ese acto persiste.
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