Bajo la apariencia de comedia romántica ligera, la película se desdobla como un relato para hablar del tiempo y sus ironías. Harry y Sally no se enamoran: se desgastan juntos, se observan, se contradicen, se pierden y se reencuentran mientras Nueva York crece a su alrededor. La pregunta que articula el relato —si hombres y mujeres pueden ser amigos— importa menos que el modo en que el paso de los años va reformulando el deseo.
El guion de Nora Ephron convierte la neurosis cotidiana en motor dramático. Cada diálogo es una pequeña batalla verbal donde la inteligencia, el cinismo y la vulnerabilidad se disputan el control. Reiner filma con una sencillez clásica que deja respirar a los actores, permitiendo que Meg Ryan y Billy Crystal construyan una química basada más en el ritmo y la observación que en la idealización romántica.
Lejos de los grandes gestos, When Harry Met Sally… encuentra su fuerza en lo trivial: llamadas incómodas, silencios prolongados, rutinas compartidas. Su melancolía suave —acentuada por los testimonios de parejas ancianas— la convierte en algo más que un rom-com canónico. Es una película sobre aprender a llegar tarde a la vida…
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