En Sirât, Oliver Laxe explora el territorio donde el paisaje deja de ser fondo y se convierte en prueba espiritual. La palabra árabe que da título a la película significa “camino”, “sendero”, pero también nombra, en la tradición islámica, el puente finísimo que conecta el infierno y el paraíso, ese tránsito que cada alma debe cruzar enfrentándose a su propio peso moral. No es una metáfora discreta: Laxe la convierte en estructura narrativa, en experiencia física, en deriva existencial.
La premisa es simple y devastadora. Mar, la hija adolescente de Luis, desapareció hace cinco meses tras irse a fiestas ilegales en el Sáhara marroquí. Sin contacto, sin coordenadas claras, Luis y su hijo menor, Esteban, viajan allí para buscarla. Pero la búsqueda pronto se diluye en algo más amplio: no se trata solo de encontrar a una persona, sino de atravesar un mundo que parece haber entrado en fase terminal. A lo largo del filme, llegan ecos de lo que suena como el estallido de una Tercera Guerra Mundial. Rumores, transmisiones, señales difusas. El fin del mundo no se anuncia con trompetas, sino con interferencias.
“¿Este es el fin del mundo?”, pregunta alguien. “Ha sido el fin del mundo durante mucho tiempo”, responde otro. En esa réplica se condensa el tono de Sirât: un temor existencial que se mete en los huesos, no como sobresalto, sino como clima. Laxe presenta el colapso como condición ya instalada, como ruido de fondo de la contemporaneidad. Ante eso, uno de los personajes lanza otra consigna: “No es para escuchar, es para bailar”. La música —dura, insistente, casi ritual— funciona como anestesia y como comunión. Si el mundo arde, se baila sobre las brasas.
En ese gesto hay también un homenaje a ciertas corrientes de izquierda contemporáneas que imaginan formas de comunidad más allá del capitalismo. Las fiestas en medio del desierto, los cuerpos que comparten agua, comida, ritmo, dibujan una utopía precaria: un estar juntos que no se organiza alrededor del consumo, sino de la experiencia compartida. Pero Laxe no idealiza del todo ese espacio. La utopía está siempre al borde del abismo, atravesada por la violencia del entorno, por la fragilidad de los cuerpos, por la amenaza constante que llega desde fuera… y desde dentro.
El conjunto de protagonistas, durante medio tramo de la película, pueden cruzar un territorio en aparente estado de emergencia sin creer, al inicio, que esa emergencia los concierne de verdad. Sirât representa con lucidez el momento en que esa burbuja estalla. En principio esta burbuja se rompe dentro por un suceso que hace a Luis quedar en shock. Después, el viaje deja de ser aventura y se convierte en desposesión. Ya no son observadores, sino cuerpos vulnerables dentro de un sistema violento, entre guerras, específicamente en un campo minado. Ser “ciudadano del mundo” deja de ser una etiqueta cómoda y se revela como una exposición radical.
Formalmente, Laxe apuesta por una experiencia sensorial antes que explicativa. El desierto no es exótico; es mineral, hostil, inmenso. Los planos prolongados, la insistencia en el sonido, en la vibración física de la música, colocan al espectador en un estado cercano al trance. Como si también nosotros estuviéramos cruzando ese puente entre el infierno y el paraíso sin saber en qué lado caeremos.
Al final, Sirât no ofrece la reconciliación típica del relato de búsqueda. Ofrece algo más inquietante: la conciencia de que el camino mismo es la prueba, y que quizás el paraíso —si existe— no sea un lugar al que se llega, sino la intensidad con la que se atraviesa el desastre junto a otros. Una película que no explica el fin del mundo: nos obliga a caminar dentro de él.
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