If I Had Legs I’d Kick You de Mary Bronstein

If I Had Legs I’d Kick You, dirigida por Mary Bronstein se suma al cine contemporáneo sobre la ansiedad y la fragilidad emocional, que intentan capturar la sensación de estar atrapado en una pesadilla cotidiana. Lejos de construir un drama psicológico tradicional, Bronstein diseña un espacio narrativo donde lo visible y lo ausente se contaminan constantemente, como si la realidad estuviera hecha de fragmentos incompletos.

La sinopsis, deliberadamente esquiva, gira en torno a Linda (Rose Byrne), una terapeuta que intenta sostener su vida profesional mientras su mundo personal se desmorona silenciosamente. Su hija, enferma y quien se alimenta por un tubo conectado a su estómago, permanece casi siempre fuera de campo: escuchamos su voz, sus necesidades, su fragilidad, pero casi vemos su cuerpo.

Al mismo tiempo, Linda atiende en terapia psicológica a pacientes que proyectan vacíos similares —familias ausentes, vínculos deteriorados, relatos que nunca terminan de completarse— mientras su propio hogar comienza a transformarse en un espacio inestable tanto emocional como físicamente —debido a la formación de un agujero en el techo a causa del exceso de agua—. Entre hospitales, sesiones terapéuticas y rutinas interrumpidas, la película se convierte en un retrato del agotamiento mental contemporáneo.

Todo en la película parece construido a partir de cosas que están y no están. La hija existe como presencia sonora; el hogar existe como recuerdo emocional más que como refugio tangible; los sueños aparecen como relatos inconclusos que jamás llegan a interpretarse. Bronstein transforma el fuera de campo en una herramienta dramática central: lo que no vemos pesa más que lo visible.

La incomodidad atraviesa cada escena. Las sesiones terapéuticas —espacios tradicionalmente asociados con la estabilidad emocional— se convierten aquí en territorios inciertos donde terapeutas y pacientes parecen intercambiar fragilidades sin lograr comprenderlas. No hay autoridad emocional real; solo simulaciones de control. La película sugiere que nadie posee las herramientas necesarias para procesar el dolor contemporáneo.

Si algo define la estructura narrativa es la interrupción. Las conversaciones se cortan, los procesos emocionales se suspenden, los silencios reemplazan a las respuestas. Incluso el montaje refuerza esta lógica: escenas que parecen iniciar una resolución emocional se disuelven antes de llegar a ella. La vida, parece decir Bronstein, no ofrece cierres narrativos; solo pausas incómodas.

La incertidumbre domina las relaciones. No hay confianza ni certezas entre los personajes, únicamente dudas persistentes. La terapeuta no confía en los diagnósticos médicos ni de su propio terapeuta, los pacientes no confían en sus propios recuerdos y la maternidad aparece como una experiencia atravesada por el miedo constante a perder aquello que nunca se termina de poseer.

En este sentido, la película adquiere una cualidad onírica profundamente inquietante. No se trata de sueños estilizados sino de una pesadilla funcional: hospitales, pasillos, consultas médicas y espacios domésticos que se repiten como si el tiempo estuviera atrapado en un bucle emocional. La realidad nunca se rompe del todo, pero tampoco se estabiliza.

Uno de los símbolos más perturbadores surge en la metáfora de los orificios. El agujero físico que queda en el cuerpo de la niña tras la retirada del tubo —y que los médicos aseguran que se cerrará solo— encuentra su eco en el deterioro material del hogar, donde otro vacío amenaza con expandirse. Ambos agujeros representan lo desconocido: la imposibilidad de controlar aquello que se rompe. La medicina promete que el cuerpo se repara; la vida emocional, en cambio, no ofrece garantías.

Bronstein filma el desgaste psicológico con una crudeza minimalista que evita el melodrama. No hay catarsis, no hay explicaciones definitivas. Solo queda la sensación de que los personajes siguen caminando dentro de una grieta que jamás termina de cerrarse. Y quizá ahí reside el verdadero horror de la película: no en lo que sucede, sino en lo que nunca termina de resolverse.

Mtro. En Historiografía y cinéfilo.

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