Father Mother Sister Brother de Jim Jarmusch

Hay una frase de Ludwig Wittgenstein que podría funcionar como epígrafe involuntario de la más reciente película de Jim Jarmusch: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.” En ‘Father Mother Sister Brother’, ganadora del León de Oro en la 82ª edición del Festival de Venecia, esos límites no son filosóficos sino familiares, cotidianos, dolorosamente reconocibles. En el cine de Jarmusch siempre ha existido una fascinación por los espacios intermedios: los trayectos, las pausas, las conversaciones que parecen no llevar a ningún sitio y, al hacerlo, revelan todo. Desde ‘Mystery Train’ hasta ‘Night on Earth’ o ‘Coffee and Cigarettes’, su cine ha insistido en una idea tan simple como inagotable: que la vida sucede, sobre todo, en los márgenes. A sus 72 años, con una filmografía que va de ‘Stranger Than Paradise’ (1984) a ‘The Dead Don’t Die’ (2019), Jarmusch construye aquí un tríptico sobre la incomunicación entre padres e hijos adultos: tres historias, tres geografías, una sola pregunta que ningún personaje se atreve a formular en voz alta. ¿Cuánto sabemos, en realidad, de las personas con quienes hemos compartido una vida?

La película se estructura en tres viñetas —”Father”, “Mother”, “Sister Brother”— separadas por pasajes casi experimentales: imágenes que evocan el blanqueamiento del celuloide al agotar un carrete, líneas de escaneo VHS, distorsiones sonoras compuestas por el propio Jarmusch junto a Carter Logan. Esas interrupciones son la tesis visual de la película. No transportan al espectador de un lugar geográfico a otro, sino de una textura emocional a la siguiente, como desplazamientos de conciencia: no pasamos de un lugar a otro, sino de una experiencia emocional a otra. Es un gesto que remite a la tradición del cine de ensayo, a ese impulso godardiano de hacer visible la maquinaria del filme en lugar de ocultarla.

En “Father”, Jeff (Adam Driver) y su hermana Emily (Mayim Bialik) conducen hacia la casa nevada de su padre anciano (Tom Waits, colaborador perenne de Jarmusch). La premisa es mínima: una visita familiar. Jarmusch introduce desde el inicio una perturbación casi imperceptible: antes de que sus hijos lleguen, el padre comienza a desordenar deliberadamente su propia casa impecable, para aparentar necesidad. Este gesto —absurdo, casi infantil— condensa la lógica emocional del episodio: la necesidad de construir una imagen de vulnerabilidad para mantener el vínculo afectivo. Es el primer gran hallazgo dramático de la película: un hombre que fabrica su propia fragilidad como moneda de afecto. “Va a parecer mayor, ¿verdad?”, pregunta Emily antes de llegar; la línea resuena no solo como anticipación física, sino como reconocimiento de una distancia emocional acumulada durante años.

Jarmusch filma estas interacciones con su habitual economía de recursos. Los planos son estáticos, las pausas se prolongan más de lo esperado, y el humor emerge de lo incómodo. La conversación entre los tres es un ejercicio de precisión quirúrgica; cada pausa larga dice más que el diálogo. Cuando el padre le dice a Jeff “Siempre has sido mi favorito”, la incomodidad de Emily no necesita subrayarse: el plano la contiene entera. El favoritismo, lejos de ser una revelación, parece un residuo de una dinámica familiar que nunca se resolvió del todo. Jeff, quien claramente mantiene una relación más cercana con el padre —le lleva dinero, arregla desperfectos—, ocupa un lugar ambiguo entre el cuidado y la complicidad. Emily observa desde una distancia que no es solo física. Hay aquí algo que recuerda a los mejores momentos de Edward Albee: esa crueldad doméstica suave, casi cortés, que es más difícil de nombrar que el odio abierto.

“Mother” traslada la acción a Dublín, donde una novelista exigente y serena (Charlotte Rampling, soberbia) recibe a sus hijas adultas Timothea (Cate Blanchett) y Lilith (Vicky Krieps) en una visita anual que tiene toda la estructura de un ritual y toda la frialdad de una audición. La escena central —una mesa repleta de pasteles Battenburg y petits fours— podría pertenecer a una comedia de modales británica; Jarmusch la vacía de esa energía para convertirla en otro escenario de incomunicación. Las hermanas hojean los libros de su madre, comentan sus títulos con una mezcla de burla y desconcierto, evitando cualquier discusión real sobre su contenido. La literatura, que debería ser un puente, se vuelve otro espacio opaco.

Anthony Vaccarello —director creativo de Yves Saint Laurent y productor de la película— viste el segmento con una elegancia cromática que los propios personajes comentan, volviendo la moda un lenguaje más elocuente que las palabras. Timothea intenta hablar de su ascenso profesional; Lilith la interrumpe con relatos probablemente inventados sobre su propia vida como influencer. Blanchett y Krieps construyen una dinámica de hermanas que funciona como espejo invertido: donde una es contenida, la otra inventa; donde una cede, la otra irrumpe. Rampling, por su parte, compone una madre que ejerce autoridad sin elevar la voz, una figura cuya presencia organiza el espacio incluso en el silencio. El resultado es una escena donde todos hablan y nadie se escucha. La familia funciona como una estructura formal, no como un espacio de intercambio emocional.

El tercer segmento, “Sister Brother”, introduce una variación decisiva y produce el giro tonal más audaz. Ambientado en París, sigue a los gemelos Skye y Billy (Indya Moore y Luka Sabbat), quienes regresan al apartamento de su infancia poco después de haber perdido a sus padres en un accidente de avión. A diferencia de los personajes de los segmentos anteriores, estos gemelos sí logran comunicarse: la química entre Moore y Sabbat tiene una calidez que contrasta con la parálisis verbal de las otras dos historias. Recuerdan, descubren, se preguntan. Esa apertura llega cuando ya no hay nadie al otro lado: sus padres ya no pueden responder, y por eso las preguntas finalmente se formulan.

Jarmusch construye aquí uno de los contrastes más potentes de la película. Mientras que en los segmentos anteriores los padres están presentes y son inaccesibles, en este último están ausentes y se vuelven, paradójicamente, más comprensibles. La memoria actúa como un dispositivo de reconstrucción: cada objeto, cada fotografía, cada rincón del apartamento se convierte en una pista. El espectador asiste a un proceso de redescubrimiento que es, al mismo tiempo, una forma de duelo. Jarmusch parece decir que el duelo abre el lenguaje donde la presencia lo clausuraba.

Lo que une a los tres episodios no es una trama sino una poética de los detalles pequeños. En cada segmento aparece un Rolex —alguien lo lleva, alguien lo menciona, y siempre existe la sospecha de que sea falso—. El detalle funciona como una metáfora central: cada relación familiar en la película es, en cierto sentido, un “Rolex falso”, una construcción que imita la forma de algo valioso sin garantizar su contenido. Es el tipo de humor seco en el que Jarmusch se ha especializado desde ‘Coffee and Cigarettes’ (2003), con un fondo más amargo: toda la película es una colección de Rolex que pueden o no ser auténticos. Las identidades que los hijos proyectan ante sus padres, las historias que los padres cuentan sobre sí mismos, la imagen que todos construimos de quienes amamos. El agua también regresa: en cada historia alguien bebe, alguien pregunta por su sabor o propone un brindis con ella, como si los personajes intentaran llenar con palabras un vacío emocional imposible de nombrar. Es un vacío que se ingiere voluntariamente.

Formalmente, ‘Father Mother Sister Brother’ es la película más depurada de Jarmusch en décadas. El encuadre de las tazas y vasos dispuestos geométricamente sobre las mesas remite directamente a ‘Coffee and Cigarettes’; las conversaciones parciales en automóvil dialogan con ‘Night on Earth’ (1991). Lo que verdaderamente sostiene la película es la presencia de una vida interior que nunca termina de revelarse por completo. Jarmusch parece sugerir que tanto padres como hijos existen en una opacidad fundamental: podemos compartir espacios, recuerdos, incluso afectos, y siempre habrá algo que permanezca inaccesible. En este sentido, la película se acerca a aquella intuición de Wittgenstein: los personajes hablan, y el lenguaje no basta para capturar la complejidad de sus vínculos.

La película no ofrece resoluciones claras ni catarsis evidentes; propone una observación paciente. La vida continúa, tanto para los padres como para los hijos, en direcciones que rara vez coinciden. Y en ese desfase —en esos silencios, en esas conversaciones fallidas, en esas preguntas que llegan demasiado tarde— se encuentra algo profundamente humano. Jarmusch siempre supo que las grandes preguntas no se responden: se rodean, se tantean, y quizá, en su universo, eso es lo único que realmente podemos esperar.

Mtro. En Historiografía y cinéfilo.

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