31 de diciembre de 2022: otra ciudad, otro idioma, otra vida que parece en orden. Lyon sustituye a Madrid como escenario, pero el desplazamiento geográfico no garantiza ningún movimiento interior. Ana ha rehecho su cotidianidad —un novio estable, un pequeño negocio de cáterin con nombre luminoso (Delicias españolas), una rutina que suena a recomposición—, y sin embargo el episodio se construye desde la irrupción: algo importante acaba de suceder y amenaza con alterar el frágil equilibrio alcanzado.
Sorogoyen filma la reunión familiar con una mezcla de calidez y tensión latente. Las hermanas, la madre, la cena de Nochevieja: gestos reconocibles, afectos heredados, pero también una sensación persistente de estar interpretando una versión funcional de la felicidad. Manu es presencia correcta, casi decorativa, mientras la noticia reciente opera como un subtexto que lo contamina todo.
El episodio se articula alrededor de una intuición sencilla y devastadora: la vida a veces se siente como un río que crece de manera alarmante, como si fuera a desbordarse y arrasar con la ciudad entera, pero el nivel siempre acaba bajando. No hay catástrofe, no hay clímax liberador. Solo la constatación de que incluso los momentos que prometen transformación radical suelen diluirse en la continuidad de lo cotidiano.
El capítulo 7 expande Los años nuevos hacia una melancolía más madura: la aceptación de que el cambio no siempre llega cuando parece inevitable, y de que muchas veces seguimos adelante no porque hayamos elegido bien, sino porque el agua retrocede y nos quedamos exactamente donde estábamos.
Be First to Comment