Capítulo 5. Los años nuevos, de Rodrigo Sorogoyen.

El tiempo, hasta ahora insinuado como amenaza, se manifiesta por fin como daño visible. Este episodio no avanza la historia: la condensa. La relación ha perdido la épica del comienzo y la tensión ya no proviene de lo que podría ser, sino de lo que inevitablemente es. Dos personas que se quieren —o creen quererse— y que, sin embargo, ya no saben cómo habitar el mismo espacio sin hacerse ruido.

Sorogoyen filma el desgaste con una crueldad casi clínica: conversaciones que giran en círculos, reproches que no buscan resolución, momentos de intimidad atravesados por una distancia imposible de nombrar. La cámara, siempre cercana, ya no promete refugio sino encierro; cada plano parece decir que no hay escapatoria emocional sin pérdida. ¿Cuándo se rompe una relación: en la discusión definitiva o en la repetición cansada de todas las anteriores?

El capítulo 5 es el corazón oscuro de Los años nuevos: la constatación de que el amor también envejece, que el paso del tiempo no siempre trae madurez sino fatiga, y que a veces lo más doloroso no es el final, sino la obstinación por prolongar algo que ya empezó a desaparecer. Asfixiante, lúcido, devastador.

Mtro. En Historiografía y cinéfilo.

Be First to Comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *