Hamlet de Chloé Zhao

En Hamlet, la tragedia más célebre de William Shakespeare, el centro dramático es un hijo que debe enfrentarse al fantasma de su padre asesinado. Sin embargo, detrás de esa arquitectura narrativa existe un hecho biográfico que siempre ha inquietado a los estudiosos: en 1596 murió Hamnet Shakespeare, el único hijo varón del dramaturgo, con apenas once años. La distancia entre ambos nombres —Hamnet y Hamlet— es mínima; en los registros del siglo XVI incluso podían escribirse indistintamente. La novela Hamnet (2020) de Maggie O’Farrell imaginó que la gran tragedia del teatro isabelino era también una forma de duelo. La adaptación cinematográfica dirigida por Chloé Zhao parte de esa hipótesis: que una de las obras más influyentes de la literatura occidental pudo haber sido escrita, en parte, para sobrevivir a la muerte de un hijo.

La película se concentra en la vida doméstica de los Shakespeare, en particular en Agnes —interpretada por Jessie Buckley— y en la relación que sostiene con su marido Will —encarnado por Paul Mescal—. A diferencia de muchas aproximaciones biográficas al dramaturgo, Zhao desplaza deliberadamente el centro de gravedad hacia Agnes, una mujer cuya sensibilidad parece estar íntimamente conectada con los ritmos de la naturaleza y con las intuiciones invisibles que recorren el mundo rural inglés. La historia, entonces, no es la de un genio literario en proceso de crear una obra maestra, sino la de una familia que vive en una Inglaterra atravesada por la enfermedad, la superstición y la fragilidad de la vida. En el horizonte histórico aparece la sombra de la peste —la pandemia que en retrospectiva llamamos Peste Negra— con sus cuarentenas improvisadas, sus médicos con máscaras alargadas y su capacidad de convertir la muerte en una presencia cotidiana.

Zhao aborda este material con una sensibilidad estética muy cercana a la que ya había explorado en obras como Nomadland. La primera mitad de Hamnet funciona casi como una experiencia sensorial antes que narrativa. Trabajando con el director de fotografía Łukasz Żal —conocido por su trabajo en Ida y Cold War— la directora construye un paisaje forestal donde la luz, la humedad y el sonido parecen respirar junto con los personajes. Los árboles se agitan como si guardaran secretos; la hierba alta se mueve con una lentitud casi hipnótica; los interiores domésticos se iluminan con una calidez que sugiere un mundo anterior a la racionalidad moderna. El diseño sonoro de Johnnie Burn —ganador del Óscar por su trabajo en The Zone of Interest— refuerza esa atmósfera: crujidos, susurros, pasos sobre tierra húmeda. Todo parece formar parte de un mismo organismo vivo.

En ese entorno, Agnes emerge como una figura casi chamánica. Buckley interpreta al personaje con una mezcla de intuición, fragilidad y furia silenciosa que convierte cada gesto en un acto cargado de significado. La actriz ofrece una interpretación ascendente: comienza como una presencia luminosa dentro del paisaje y termina transformándose en el núcleo emocional de la película. Cuando la tragedia golpea a la familia —la muerte del pequeño Hamnet— el relato se reorganiza por completo alrededor de su duelo. Zhao filma el dolor de Agnes con una paciencia casi ritual, observando cómo la ausencia se convierte en una fuerza que reorganiza el espacio doméstico, los recuerdos y la relación con el mundo.

Paradójicamente, ese énfasis también revela uno de los problemas estructurales del filme. La película parece fragmentarse en segmentos que no siempre terminan de integrarse en un todo sólido. El romance inicial entre Agnes y Will posee una calidez indudable, pero rara vez alcanza la intensidad emocional necesaria para sostener el resto del relato. Mescal, actor que aquí parece permanecer dentro de un rango interpretativo ya conocido: su Will Shakespeare se mantiene contenido incluso en los momentos que exigirían un desgarro más visible. En consecuencia, la conexión entre el duelo familiar y la posterior escritura de Hamlet no siempre resulta tan orgánica como la película sugiere.

Esa desconexión se vuelve evidente cuando el relato intenta articular su gran idea temática: que Shakespeare transformó su dolor en cada línea de su obra. Zhao y O’Farrell parecen sugerir que el dramaturgo desplazó su duelo hacia el escenario, convirtiendo la pérdida del hijo en una tragedia sobre un padre muerto. En cierto sentido, el propio Shakespeare se convierte aquí en un fantasma —una figura que vaga por el mundo mientras la memoria del niño permanece suspendida en el tiempo. La inversión es fascinante: en lugar de que el padre regrese como espectro para reclamar justicia, es el hijo quien continúa viviendo en la imaginación del artista.

La película intenta expresar esa transfiguración a través del lenguaje cinematográfico. La textura visual se vuelve más austera; los encuadres se vuelven más cerrados; la naturaleza exuberante del comienzo cede ante interiores más sombríos. Sin embargo, Zhao a veces parece confiar demasiado en recursos estéticos que ya cargan con su propio peso emocional. El ejemplo más evidente es la utilización de “On the Nature of Daylight”, la célebre composición de Max Richter. La pieza —utilizada previamente en Shutter Island, Arrival e incluso en la serie The Last of Us— es de una belleza devastadora, quizá una de las melodías más tristes escritas en el cine contemporáneo. Pero su uso reiterado en la cultura audiovisual reciente termina por romper el hechizo: la emoción parece prestada de otras obras.

Donde la película parece encontrar su verdadero argumento: el arte como un espacio donde el dolor puede transformarse sin desaparecer del todo. Una idea que recuerda a la reflexión de Aristotle sobre la tragedia como forma de catarsis, expuesta en su Poética (siglo IV a. C.), donde el filósofo sostenía que el teatro permite purgar emociones intensas a través de la representación. Zhao parece compartir esa intuición clásica: el arte no elimina el sufrimiento, pero puede convertirlo en algo comunicable.

Hamnet es, en última instancia, una película irregular pero profundamente sugestiva. Funciona mejor como atmósfera que como narrativa lineal, mejor como experiencia sensorial que como biografía dramática. Aun así, en sus mejores momentos logra capturar algo extraordinariamente difícil de representar: la manera en que la pérdida se infiltra en cada gesto cotidiano y termina, de forma casi inexplicable, transformándose en creación artística. Tal vez ahí reside su mayor intuición. Que detrás de una de las tragedias más importantes jamás escritas podría existir algo tan simple y devastador como la memoria persistente de un niño.

Mtro. En Historiografía y cinéfilo.

Be First to Comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *