‘La hermanastra fea’ (Den stygge stesøsteren), ópera prima de Emilie Blichfeldt, se inscribe en una tradición reciente de relecturas del cuento de hadas que ya no buscan rescatar la fantasía, sino exponer la violencia que la sostiene. Aquí ‘Cenicienta’ no es un relato de redención, sino un sistema: un dispositivo cruel que organiza cuerpos, deseos y jerarquías bajo la promesa de un ideal imposible. Blichfeldt desplaza el foco hacia una figura descartada —la hermanastra— para revelar que el verdadero horror no es la exclusión, sino el proceso sistemático de adaptación al modelo de belleza impuesto.
Desde sus primeras imágenes, la película articula una violencia estética constante. No se trata únicamente del castigo físico o simbólico, sino de algo más profundo: la interiorización del daño como condición de pertenencia. El cuerpo femenino es observado, evaluado, corregido. La cámara insiste en la textura de la piel, en los gestos torpes, en los intentos fallidos por alcanzar una gracia que nunca llega del todo. Ver —e idealizar— ciertos estándares se vuelve insoportable precisamente porque son inalcanzables; no están diseñados para ser habitados, sino para funcionar como horizonte perpetuo de frustración.
Blichfeldt filma el cuerpo como una moneda de cambio. Cada ajuste, cada sacrificio, cada mutilación simbólica (y a veces literal) es una inversión en la promesa de una vida mejor. La belleza no aparece como don, sino como transacción: algo que se adquiere a costa de la propia integridad. En este sentido, ‘La hermanastra fea’ dialoga tanto con el body horror contemporáneo como con una genealogía feminista del cine que entiende el cuerpo femenino como campo de batalla —de ‘Carrie’ a ‘Titane’—, aunque aquí el terror no proviene de la transformación, sino de la normalización del dolor.
El gesto más perturbador del filme es su negativa a ofrecer consuelo. No hay ironía salvadora ni distancia moral cómoda. Hacer “lo que sea necesario” para ajustarse a los ideales de belleza no se presenta como una aberración excepcional, sino como una lógica compartida, socialmente validada. La hermanastra no es monstruosa por su obsesión, sino por su lucidez: comprende las reglas del juego y decide jugar, aun sabiendo que el costo puede ser irreversible. En ese punto, la película se convierte en una acusación: no contra el cuento, sino contra el mundo que sigue creyendo en él.
Formalmente, Blichfeldt construye un universo visual que evita el exceso barroco y apuesta por una crudeza casi clínica. Los espacios son cerrados, opresivos; la luz, implacable. No hay lugar para el ensueño romántico: incluso los momentos que podrían leerse como mágicos están atravesados por una sensación de incomodidad física. La belleza, cuando aparece, lo hace como amenaza. Algo que debe mantenerse a toda costa y que, por lo mismo, nunca es verdaderamente propio.
‘La hermanastra fea’ no reescribe el final del cuento: lo desmantela. Al hacerlo, nos obliga a mirar de frente una verdad incómoda: que la violencia estética no es un accidente del sistema, sino un motor más. Y que, mientras sigamos exigiendo cuerpos perfectos, siempre habrá alguien dispuesto —o empujado— a romperse para encajar.
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