Capítulo 9. Los años nuevos, de Rodrigo Sorogoyen

El episodio 9 de ‘Los años nuevos’ condensa, con precisión, una de las características más persistentes del cine de Rodrigo Sorogoyen: el conflicto no estalla cuando algo sucede, sino cuando tememos que suceda. Es la tarde del 31 de diciembre de 2023 y, como en toda fecha liminal, el tiempo parece suspendido entre lo que fue y lo que podría ser. Ana y Óscar se reencuentran para visitar a Guille, ingresado desde hace meses en un centro de desintoxicación en la sierra. Ella lleva poco tiempo viviendo en Madrid; él permanece anclado a un ritmo anterior. Se han visto poco, siempre de paso, cafés rápidos, conversaciones truncas. Esta vez no hay excusas: el día es largo, el reloj no aprieta y la intimidad —ese animal esquivo— vuelve a tener espacio para respirar.

Sorogoyen entiende el 31 de diciembre no como una celebración, sino como una presión simbólica. El año termina y, con él, la coartada de la espera. No es casual que el episodio se construya desde la contención: planos sostenidos, diálogos que bordean lo importante sin tocarlo del todo: Por ejemplo, se intuye la recaída a la cocaína, pero nunca se dice. La cámara observa, acompaña, pero nunca empuja. Como si supiera que el verdadero drama no está en Guille ni en su rehabilitación, sino en ese terreno invisible donde Ana y Óscar se miden, se calculan, se protegen de un posible dolor futuro.

“A veces por evitar el disgusto nos anticipamos y vivimos en el disgusto”. La frase funciona como clave secreta del episodio. Ana y Óscar se comportan como dos estrategas emocionales: prevén escenarios, administran expectativas, reducen riesgos. Confiar implicaría exponerse; ilusionarse, aceptar la posibilidad del fracaso. Sorogoyen filma esa lógica defensiva con una lucidez ¿incómoda?, mostrando cómo la prudencia emocional termina por convertirse en una forma sofisticada de tristeza. No hay explosiones melodramáticas; hay, en cambio, una sensación persistente de oportunidad aplazada, de algo que podría ocurrir si alguien se atreviera a dar un paso sin red.

El espacio juega un papel decisivo. La sierra, el trayecto, el centro de desintoxicación: todos funcionan como zonas de transición, lugares donde los personajes no pertenecen del todo. Guille, se convierte en una figura espejo: alguien que ha tocado fondo y que, justamente por eso, está obligado a confiar en algo —en el proceso, en los otros, en sí mismo— para seguir adelante. Frente a él, Ana y Óscar parecen más libres, pero también más paralizados. Su adicción es más silenciosa: el miedo a desear sin garantías.

Hay en este episodio una ética de la espera que recuerda al mejor cine europeo contemporáneo, aquel que entiende el tiempo como materia dramática (de Rohmer a Assayas, pasando por el Linklater más introspectivo). Sorogoyen, sin embargo, introduce una aspereza muy suya: la certeza de que el paso del tiempo no cura nada por sí solo. Si no se confía, si no se arriesga, los años nuevos se acumulan sin inaugurar nada.

El episodio 9 no ofrece respuestas ni clausuras. Su fuerza reside en esa negativa. Termina dejando al espectador en el mismo lugar incómodo que a sus personajes: frente a la pregunta de cuánto dolor estamos dispuestos a tolerar hoy para no sentir uno mayor mañana. Y si, en ese cálculo constante, no estamos sacrificando precisamente aquello que hace que algo —una relación, una vida— valga la pena.

Mtro. En Historiografía y cinéfilo.

Be First to Comment

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *