1 de enero de 2023. Óscar despierta junto a una compañera del hospital; una relación reciente, funcional, casi provisional. Al salir, el pasado irrumpe sin aviso: Ana está ahí, en Madrid por temporada decembrina. Van con prisa, pero se sientan a tomar un café. Han pasado casi tres años desde la última vez.
Ella no sabe cómo decirlo y lo suelta de golpe: tiene un hijo de cuatro meses. Rodrigo Sorogoyen convierte ese encuentro mínimo en un sismo emocional: no hay reproches grandilocuentes, solo miradas que llegan tarde y palabras que caen como cuerpos cansados.
El episodio entiende el tiempo como una trampa delicada. Nada ha cambiado del todo y, sin embargo, todo es irreconocible. La puesta en escena es seca, observacional, cruel en su contención: los silencios que pesan más que las confesiones. Óscar y Ana discuten el pasado; pero lo hacen indirectamente, lo bordean, como si nombrarlo fuera volver a abrir una herida que aprendieron a vendar mal.
Sorogoyen filma la adultez como ese momento incómodo en el que ya no hay éxtasis ni ternura, solo consecuencias. El episodio 8 es una pieza de una precisión dolorosa sobre lo que no se dijo a tiempo y lo que ya no puede deshacerse.
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