En Valor sentimental, Joachim Trier articula una crítica íntima y expansiva sobre la memoria, el amor y la herencia emocional, una película que entiende la casa —ese espacio físico que alguna vez fue hogar— como un organismo vivo, capaz de concentrar recuerdos, silencios y reproches con la precisión de un archivo afectivo. Renate Reinsve, interpreta a Nora, una actriz de teatro consumada cuya madre ha fallecido recientemente. En las primeras secuencias, mientras llora junto a su hermana menor Agnes —interpretada con una sensibilidad extraordinaria por Inga Ibsdotter Lilleaas—, Nora debe afrontar el regreso de su padre Gustav (Stellan Skarsgård), un director de cine de cierto renombre que abandonó a la familia cuando las niñas aún eran pequeñas. La ausencia paterna no es un dato biográfico: es una grieta estructural que atraviesa la casa, los cuerpos y la manera en que estas hermanas aprendieron a estar en el mundo.
Gustav regresa no sólo como padre, sino como artista, y lo hace con una propuesta que descoloca a Nora: un nuevo guion, financiado por Netflix, en el que le pide que interprete el papel principal. Ella lo rechaza. Gustav, entonces, elige a una estrella de Hollywood, Rachel Kemp (Elle Fanning), decisión que permite a Trier desplegar una sátira tan ligera como incisiva sobre la industria cinematográfica contemporánea. Rachel está dispuesta, admira la obra de Gustav, pero se siente visiblemente incómoda con el material: no es noruega y, sobre todo, el personaje parece estar inspirado en la madre de Gustav, quien murió trágicamente cuando él era niño. La película dentro de la película se convierte así en una excavación emocional, una forma oblicua de hablar de aquello que nunca fue dicho.
Es aquí donde Valor sentimental se afirma como una obra sobre la responsabilidad del amor dentro de una familia. Pocas películas han literalizado con tanta elegancia cómo el amor entre padres e hijos —y viceversa— puede verse limitado no por su ausencia, sino por la incapacidad de expresarlo. Menos aún han explorado con tanta delicadeza el papel del arte como mediador de esa imposibilidad: hacer arte como una forma de hablar sin hablar, de decir lo indecible, sin nombrarlo. Nora se convirtió en actriz porque no quería ser ella misma, pero cuando Gustav ensaya en casa con Rachel, se ve obligada a presenciar algo insoportable: observar a otra actriz interpretar bajo la guía cálida de su padre, escuchar en boca de otro la visión y el ánimo que nunca estuvieron disponibles para sus propias hijas.
La casa Borg —ese espacio cargado de historia— termina por asumir la gravedad de una estrella moribunda, dando sentido a la constelación de personajes que orbitan a su alrededor. Cuando el deslumbrante guion de Trier y Eskil Vogt avanza hacia una escena final cuyo impacto es aún mayor porque el espectador la ve venir desde lejos, estamos ya tan familiarizados con la energía, los ritmos y la distribución de la casa que cualquier alteración se siente con la fuerza de impacto y destrucción de una bola de demolición.
La importancia de tener hermanos cuando somos niños —y, sobre todo, cuando los padres fallan— atraviesa toda la película de manera silenciosa pero persistente. Agnes no es un personaje secundario: es el ancla emocional de Nora, la testigo compartida de una infancia fragmentada. La credibilidad de Valor sentimental depende en gran medida de esta dinámica fraterna y familiar, y rara vez se ha retratado una con tanta autenticidad. Skarsgård, Reinsve y Lilleaas desaparecen en sus papeles; todo está en los pequeños gestos. Hay un momento hilarante en el que Gustav compra unos DVDs absolutamente inapropiados para su nieto, y la risa cómplice que Reinsve le dedica es tan reveladora como cualquier confesión. Después del chiste, comparten un cigarrillo: ríen, sonríen. Trier entiende que las relaciones tensas no se definen únicamente por la rigidez, sino por esos breves destellos de entendimiento que nunca terminan de cuajar.
La película también está llena de guiños cinéfilos —y, por extensión, de Cannes— que funcionan como comentario metatextual. Esa misma escena en la que Gustav regala La pianista de Michael Haneke e Irreversible de Gaspar Noé, sirve sólo para que descubramos que en la casa no hay reproductor de DVD. La ironía es doble: no sólo es un regalo inadecuado, sino que los cambios tecnológicos han privado a esas películas de su capacidad de impacto. La memoria cultural, como la familiar, también depende de los soportes que la sostienen.
No es casual que las dos protagonistas femeninas sean una actriz y una historiadora. Representan la expresión artística y la curiosidad histórica, dos formas distintas pero complementarias de relacionarse con el pasado. Valor sentimental se construye, precisamente, hacia una superposición: aquella en la que Nora, Gustav y la madre ausente puedan comunicarse con la misma claridad que los recuerdos compartidos de la casa donde alguna vez vivieron. Es lo que Gustav define como “una sincronización perfecta entre el tiempo y el espacio”, una idea tan cinematográfica como profundamente humana.
Historia, memoria, expresión, arte y trauma se entretejen en este drama que recuerda a Ingmar Bergman más que cualquier otra película de Trier hasta ahora —hay incluso una alusión visual directa a Persona—, y que al mismo tiempo consolida su estatus como uno de los grandes autores en activo. Es una obra que sorprende como gran ficción, que mezcla tema y personaje de tal manera que continúa viviendo en la mente del espectador mucho después de haber terminado de verla.
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