Gritos y susurros (Dir. Ingmar Bergman, 1973)

Un réquiem filmado con la intensidad de un cuadro de Edvard Munch, Gritos y susurros es una de las obras más devastadoras de Ingmar Bergman, donde la muerte no es solo el fin de la vida, sino un espejo cruel de la soledad, el resentimiento y el amor no correspondido. Con una puesta en escena dominada por un rojo omnipresente—sangre, pasión, sufrimiento—la película se desarrolla en una mansión sofocante, donde tres hermanas enfrentan, cada una a su manera, la agonía de Agnes (Harriet Andersson), quien se consume en un dolor que parece trascender lo físico.

Bergman filma con la precisión de un cirujano emocional, diseccionando las tensiones latentes entre las hermanas y su incapacidad para ofrecer consuelo real. Liv Ullmann y Ingrid Thulin encarnan el egoísmo y la represión con una contención helada, mientras que Kari Sylwan, como la sirvienta Anna, se convierte en el único refugio de compasión genuina en un mundo donde la muerte es más soportable que la indiferencia.

La música de Bach y el uso de primeros planos extremos convierten cada escena en un lienzo de dolor y belleza, donde los recuerdos emergen como heridas abiertas. Gritos y susurros no es solo una exploración de la muerte, sino de la imposibilidad del amor en un entorno donde las palabras son inútiles. Sofocante, sublime, inolvidable.

Mtro. En Historiografía y cinéfilo.

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