Capítulo 1. Los años nuevos, de Rodrigo Sorogoyen.

Un arranque seco, casi invisible, que entiende el tiempo no como línea sino como herida que se abre y se vuelve a cerrar cada enero. Más que presentar personajes, el episodio los observa: dos cuerpos jóvenes que se rozan, se miden, se hieren con palabras mínimas mientras la ciudad —Madrid gris, nocturna, sin épica— los contiene como un acuario emocional. No hay subrayados ni discursos generacionales; hay silencios incómodos, miradas que llegan tarde y decisiones tomadas por pura inercia vital.

Sorogoyen filma el inicio de una relación como quien registra un temblor: cámara nerviosa pero precisa, diálogos que parecen improvisados y una intimidad que roza lo documental. ¿Es una historia de amor que empieza o una condena que ya se está escribiendo? El episodio funciona como un prólogo melancólico donde cada gesto cotidiano (una fiesta, una conversación trivial, un regreso a casa) se carga de un peso retrospectivo que todavía no existe, pero que ya se intuye.

Mtro. En Historiografía y cinéfilo.

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